Historias Mínimas

Dir: Carlos Sorin. Argentina y España. 2002. 92 min.

A miles de kilómetros al sur de Buenos Aires, tres perso-najes viajan por las solitarias rutas de la Patagonia Aus-tral. Don Justo, 80 años, dueño retirado de un bar de ca-rretera que ahora regenta su hijo, se ha escapado de la tu-tela de éste para buscar a su perro que ha desparecido hace un tiempo y al que alguien dice haber visto en San Julián. Hace el viaje haciendo auto-stop confiando que los camioneros, a quienes conoce desde hace tantos años, lo irán acercando. A medida que avanza al encuentro con su perro, Don Justo va dando datos que nos hacen sospechar que algo raro suce-dió. Finalmente, descubrimos que mas allá de encontrar al perro, lo importante para él es cerrar ciertos capítulos aún pendientes en su vida y poder enfrentar en paz a la muerte, cuando ésta llegue. Roberto, 40 años, viajante de comer-cio, hace el mismo viaje en su viejo coche, llevando un incómodo cargamento: una tarta de crema encargada especialmente para el cumpleaños del hijo de una mujer joven, viuda reciente de uno de sus clientes en la zona. El plan de Roberto, siguiendo técnicas que aprendió en los libros de venta que él suele leer, es llegar de imprevisto a la casa de la viuda, presentarse con la inespera-da tarta de cumpleaños, impresionarla favorablemente y asegurarse un éxito rotundo cuando le confiese sus intenciones de formar con ella una pareja esta-ble. Ese mismo día y por la misma ruta viaja María Flores, 25 años, con su pe-queña hija. Lo hace en trasporte público. Es una mujer muy humilde, que se ha enterado de que ha resultado ganadora en el sorteo de un programa de TV, cu-yo premio mayor es un robot de cocina. Aunque no sabe bien de qué se trata y vive de prestado sin tener dinero ni para comer, María decide emprender el viaje hacia el lejano y fascisnante mundo de la televisión. Cada uno viaja por su cuenta, pero como sucede en las desérticas rutas patagónicas, sus historias y sus ilusiones se entrecruzan en los escasos paradores.

Whyski

Dir: Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll. Uruguay, Argentina, Alemania y España. 2004. 94 min.

Montevideo, Uruguay. Jacobo (Andrés Pazos) tiene 60 años. Desde la muerte de su madre, a quien cuidó hasta el último día, vive en sole-dad. Lo único en su vida es su modesta fábri-ca de medias, hoy casi en bancarrota. Marta (Mirella Pascual) tiene 48 años y trabaja para Jacobo desde hace 20. Es la empleada con más experiencia, oficia de supervisora, pe-ro cumple funciones más allá de eso. Marta es la encargada de so-lucionarle la vida a Jacobo. Es su mano derecha. De a poco, entre los dos fue creciendo una relación de mutua dependencia, casi simbiótica. Ninguno de los dos podría vivir sin el otro. A pesar de esto su relación cotidiana es muy fría. Jacobo es parco y nunca ha-bla con Marta de cosas que no estén relacionadas con la fábrica. Ella, en algún momento trató de que esto no fuera así, pero ya de-sistió, resignada. Herman (Jorge Bolani) es el hermano menor de Jacobo, está casado, tiene dos hijas y una exitosa fábrica de me-dias. Vive en Brasil y hace 20 años que no viene a Montevideo; ni siquiera al funeral de su madre. Al cumplirse un año de la muerte, se tiene que hacer la ceremonia de la lápida (matzeiva) de la madre y Herman avisa que va a venir. Ante la visita de su hermano, Jaco-bo le pide a Marta que se haga pasar por su esposa durante esos días. Herman siempre fue muy competitivo con su hermano y siem-pre ganó. Esta vez, Jacobo quiere por lo menos conseguir un em-pate. Marta vive el pedido como una confirmación de que ella es más que una empleada. Es el premio a la fidelidad de tantos años. Una situación que por fin va a sacar a Jacobo del ostracismo en que está inmerso. Marta se instala en la casa de Jacobo, todavía con la presencia de la madre y su enfermedad, y plantea la farsa con más entusiasmo que Jacobo. Herman debe pagar por haber abandonado a Jacobo, a su madre y a la fábrica. Pero cuando Her-man llega, no es lo que Marta esperaba. Herman es todo lo que ella querría que Jacobo fuera: simpático, abierto, vital. Marta sin darse cuenta al comienzo y coqueteando luego, se va acercando a Herman y esto va a exacerbar los celos de Jacobo. Herman viene a Montevideo a limpiar su culpa por no haber estado cerca de su ma-dre hasta el día de su muerte. Para saldar cuantas con Jacobo, le ofrece dinero. Aunque lo necesita, Jacobo no puede aceptarlo; só-lo desea que su hermano parta. Pero la estadía se alarga; un fin de semana, un auto alquilado, un viaje a la playa en el que la farsa, los celos y la traición guiarán a los personajes hacia un lugar del que no podrán volver atrás. “Whisky” es una historia de amor, celos y traición. Un bizarro triángulo amoroso protagonizado por tres perso-najes decadentes en donde todo lo que se sugiere es mucho peor que lo que se dice.

La Sombra del Caminante

Dir: Ciro Alfonso Guerra. Colombia. 2003. 90 min.

¿Cómo resolver el lugar común de la violencia que descompuso a Colombia a partir de los años 80 hasta hoy? La respuesta que ofrece una película como La sombra del caminante, eludiendo el lugar común para renovar su tratamiento en el cine, sugiere la mirada de una nueva generación que enfrenta a los fantasmas del país a través de las cámaras.

El primer largometraje de Ciro Guerra se atreve de varias maneras a proponer una forma y un tratamiento de lo ya visto, con una perspectiva distinta. Filmada en video digital y en blanco y negro, La sombra… muestra al país en la dimensión de la tragedia que reúne, desde frentes e historias distintos, a dos protagonistas del caos: Mañe, lisiado, con una pierna de palo, y un misterioso personaje que vive de llevar a cuestas, en sus espaldas, a los transeúntes cansados que se suben a una silla hecha con madera de ataúd. Inquietante y enigmático, el caminante simula una imagen de castigo y devoción, aliviando la culpa que lo atormenta y que trata de resolver, en vano, de esta manera.

Con diálogos secos y situaciones que construyen progresivamente, a la manera de un rompecabezas, la imagen final de las miserias humanas que hunden en la desgracia a los personajes, sin que llegue a solucionar el desastre la convicción de una solidaridad necesaria que impida repetir viejos errores, la conclusión que permite La sombra del caminante es comprender cómo, en Colombia, como testigos o espectadores, no podemos evitar el eco, cercano o distante, de la violencia.

Hugo Chaparro Valderrama
Laboratorios Frankestein